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Entrevista al lingüista Darío Rojas, autor de “¿Por qué los chilenos hablamos como hablamos?”.

Libro rescata las características del habla de los chilenos.
Fuente: El Mercurio

No está tan claro que los chilenos seamos los que peor hablamos de Latinoamérica. Tampoco que la lengua en Chile se haya deformado en el último tiempo, ya que muchos usos se remontan a la Colonia. Todas ideas que desarrolla el autor de un nuevo libro sobre el tema, que delinea las peculiaridades y la evolución del habla en Chile.

Decimos ampolleta, guatero y cahuín; voseamos – estái equivocado; no seái pesado-, usamos un tono de voz agudo y no pronunciamos la “s” final. Así hablamos los chilenos desde hace un buen tiempo y estos rasgos no implican que lo hagamos mal. Es lo que sostiene el lingüista Darío Rojas (31), autor de la obra “¿Por qué los chilenos hablamos como hablamos?” (Uqbar), que está en librerías desde este fin de semana.

“Mi idea, a través del libro, es plantear esta pregunta a quienes les interesa el tema del lenguaje. No necesariamente está dirigida a expertos en el tema. Creo que le puede interesar a cualquier persona que sienta curiosidad por la lengua y la cultura chilena”, plantea este joven doctor en Filología de la Universidad de Valladolid, quien ha participado en investigaciones sobre la historia de nuestra lengua y las actitudes y percepciones lingüísticas en el contexto chileno.

A través de las páginas de la publicación, Darío Rojas -miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua- recorre sucintamente la historia del español antes de llegar a América y su configuración en el continente americano. Los capítulos finales se refieren a los rasgos del español que se habla hoy en Chile, cuyas raíces, en una serie de casos, se remontarían a varios siglos. El libro, aunque tiene partes más técnicas, intenta acercarse a un lector menos especializado y próximamente se lanzará una versión abreviada.

-Los estudios sobre la lengua acostumbran ser eruditos y especializados. Pero en las conversaciones cotidianas se suelen escuchar afirmaciones sobre cómo hablamos los chilenos. A su juicio, ¿existe una inquietud general sobre ‘cómo hablamos’ en Chile?

“Sí, existe una inquietud sobre cómo hablamos. Pero yo diría que, más que inquietud, en Chile vivimos con una certeza: que los chilenos hablamos mal. Lo que intento mostrar en mi libro es que no puede ser una certeza, que en realidad es un mito”.

-Es decir, esta baja “autoestima lingüística” sería algo inmerecido.

“Creo que es inmerecido porque en Chile, como en todas partes, hay buenos y malos hablantes, hablantes competentes o hablantes torpes. Es una simplificación grosera decir ‘los chilenos hablamos mal’ o ‘los españoles hablan bien’, porque es una generalización sin fundamento. Es muy poco razonable señalar que un grupo completo habla mal”.

-Paradójicamente, esta certeza compartida de que hablamos mal parece convivir con una cierta identificación con nuestra habla. Desconfiamos de quien habla distinto, pronuncia bien o utiliza un vocabulario florido.

“En el libro muestro que los chilenos llevamos varios siglos hablando más o menos parecido, a pesar de que nos quejemos de que hablamos mal. En el fondo, y sin manifestarlo abiertamente, sentimos nuestro dialecto como parte de nuestra identidad, como algo propio. Por eso, quien al hablar se aparta de lo normal en Chile -por ejemplo, pronunciar todas las eses finales- se siente como afectado y siútico, como alguien que se está saliendo de las normas del grupo. Hablar como chileno es lo que se espera de un chileno”.

-¿Quiénes serían los forjadores de este mito de que hablamos mal?

“Andrés Bello es una figura clave, él fue muy crítico de nuestra forma de hablar. Pero Bello no surge de la nada, es parte del clima de opinión de su tiempo, que veía lo dialectal como perturbador de la unidad y del desarrollo nacional, algo que podía ser razonable en esa época. Estas ideas de Bello tuvieron bastante resonancia. Por ejemplo, el Diccionario de chilenismos de Zorobabel Rodríguez, publicado en 1875, dice en su prólogo que «la incorrección con que en Chile se habla y escribe la lengua española es un mal tan generalmente reconocido como justamente deplorado»”.

Andrés Bello en campaña

Documentos de la Colonia en los que aparecen rasgos parecidos al habla de los chilenos hoy son citados por Darío Rojas -profesor de las universidades de Chile, Alberto Hurtado y de los Andes- en su búsqueda de las raíces de nuestra “especificidad dialectal”.

En obras del siglo XVIII como la autobiografía de la monja Úrsula Suárez o el epistolario de sor Josefa de los Dolores Peña y Lillo -editado por Raïssa Kordic- aparecen características como la confusión entre ” r” y ” l” ( vorver por volver, albol por árbol) o la pérdida de la “d” ( aonde por adonde). Incluso en el texto de Suárez aparece un ejemplo del voseo chileno, del que luego se encuentran más casos en la época de la Independencia.

-Más que una deformación o corrupción de nuestra habla, la tesis es que habría un traspaso de usos, con ciertas modificaciones, que vienen de muy antiguo.

“Exactamente, estos usos tienen una continuidad histórica de varios siglos, no tiene sentido pensar que son ‘deformaciones’ recientes. Lo que pasa es que antes quedaban relegados, ocultos en la periferia de la sociedad, pero en el siglo XX, sobre todo hacia la segunda mitad, han emergido y han ido conquistando nichos sociales que antes los rechazaban. Es lo que pasa con el voseo, por ejemplo”.

-¿El voseo (cantái, llorái, amái) es hoy un hábito generalizado?

“Está bastante generalizado a través de los jóvenes, que tienden a adoptar usos de clases más bajas y los transforman en símbolos del grupo, que luego se generalizan. Algo que también se aprecia en la incorporación de vocabulario. Palabras como ‘mina’ y ‘bacán’ vienen del lunfardo argentino y así llegaron al coa chileno, para luego pasar a la jerga juvenil”.

-¿Y cuáles serían las raíces del voseo característico de Chile?

“Es algo complicado. El ‘vos’ era en latín como nuestro ‘ustedes’, era plural. En la Edad Media castellana se empezó a usar ‘vos’ como forma de tratamiento respetuoso para dirigirse a individuos en singular, mientras que ‘tú’ era la forma que se usaba entre iguales. Pero a partir del siglo XV se empiezan a usar más ‘vuestra merced’ y luego ‘usted’ para el tratamiento respetuoso. De modo que ‘tú’ y ‘vos’ empiezan a confundirse, hasta hacerse equivalentes. Las terminaciones verbales, entonces, se explican por las que correspondían al ‘vos’ latino. Por ejemplo, a vos en latín correspondía ‘amatis’. Este ‘amatis’ se transforma en ‘amadis’, luego en ‘amáis’, y de ahí nuestro ‘amái’ chileno, pero ya no como plural sino como singular.

“En el siglo XIX parece ser que en Chile la gran masa de la población hablaba de vos. Para combatirlo, Andrés Bello hace una verdadera campaña a favor del tú y promueve el ‘tuteo’ en lugar del ‘voseo’, que él sentía como muy vulgar, a pesar de lo generalizado que estaba en nuestro país. Dicha campaña tuvo un resultado parcialmente exitoso. Hoy en Chile conviven el tuteo y el voseo, con distintas connotaciones en cada forma”.

La huella andaluza y el tono agudo

-Existen distintas teorías sobre el influjo de Andalucía en nuestro español. En su opinión, ¿qué tan relevante es esta huella andaluza?

“La influencia andaluza es importante sobre todo en las primeras décadas de la Conquista, ya que la formación del español en América partió en las Antillas, donde se concentraron muchos andaluces, que de ahí pasaron al resto de América. A ella se debe el seseo -en la pronunciación no se distingue la s de la z- o la aspiración de la s final. A Chile más tarde llegaron muchos castellanos y vascos, pero no lograron transformar el habla de los criollos, que ya se había imbuido del habla andaluza. Pero ojo, no es que hablemos igual que los andaluces, tenemos un ‘aire de familia’, que también tiene ejemplos en el léxico, en palabras como ‘sopaipa’ (de donde viene ‘sopaipilla’)”.

-Otro rasgo del habla chilena sería el tono de voz agudo.

“Así es. Se describe en Chile una entonación aguda, con melodías que van subiendo hasta frecuencias muy altas, que a veces tiene una caída brusca al final. Los chilenos tienen un tono más alto que los españoles, cuyo timbre es más grave.

-Rodolfo Lenz planteó la influencia mapuche en nuestra pronunciación.

“La hipótesis araucanista de Lenz, quien señaló que en Chile el español se habla con sonidos mapuches, se equivocó en varias cosas, pero creo que hay que volver a plantearse el tema y buscar donde antes no se ha buscado. Lo del léxico ya está comprobado -hay bastante influencia, aunque menos que la del quechua-, pero habría que explorar en cuestiones gramaticales o en la entonación.

-Señala que los chilenos hablamos distinto, pero no necesariamente mal. ¿Pero qué pasa con la riqueza de nuestro vocabulario? ¿No es más limitado que el de otros países de América?

“El problema es que no hay ningún estudio serio que haya comprobado el mito de que los chilenos tenemos menos vocabulario que en otros países. A falta de datos, hay que andar con precaución. No niego que pueda ser posible, pero son solo suposiciones, que se terminan cantando como verdades comprobadas. Yo diría que son prejuicios, más bien. Y si efectivamente tuviéramos menos vocabulario, eso no significa por necesidad que hablemos ‘peor’ que otros. Ese vocabulario puede ser más polisémico (cada palabra puede tener más de un significado), y así servir para hablar de todo. Es un mito eso de que si una palabra tiene muchos significados puede llevar a confusiones. Los seres humanos somos buenos para inferir en contexto”.

-¿Disponer de un vocabulario más amplio no ayuda a un lenguaje más diverso y matizado?

“Creo que el lenguaje puede ser diverso y matizado independientemente de si se manejan más o menos palabras. Además, existen prejuicios sociales: cuando se habla de «riqueza de vocabulario» se piensa en manejar el vocabulario de las personas cultas, pero nadie piensa en la riqueza léxica del coa o de las jergas juveniles, que hacen distinciones léxicas que otros desconocen”.

2017-07-04T13:40:18+00:00